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Biografia y Poemas de Alan Mills imprimir | correo
Alan Mills (Guatemala, marzo 24, 1979) es poeta, traductor y ensayista. Estudió derecho. Colaborador de Magna Terra, Algarero Cultural, de Guatemala, y La Obra, de Colombia. Publicó el libro de poesía Los nombres ocultos (2002).

La poesía es cuestión de fe y de incertezas. Cada poema debe plantear una incógnita y no solucionarla, sólo acercarnos a ella para luego dejarnos incompletos. Este perpetuo bautismo del mundo es nuestra forma de resistencia. Dejar oculto el mensaje; no inaccesible, sino dentro de una atmósfera ritual que nos haga encontrar el contacto con la porción de realidad perdida en nuestra conciencia. Creo que yo no cumplo con todos los NO que recomendaba Ezra Pound, pero sí creo con él que la poesía consiste en esencias y médulas. La poesía no es una tarima donde montar al poeta, prefiere el susurro al megáfono. Es un leve silencio anclado en el bullicio.

Poemas

Cae la lluvia  
Es la tarde que se percibe henchida.

Casi sobre el filo anda la palabra olvidada;
se rindió sobre su lecho de humo
sin más que aguardar por la dolencia con perfume
que moja todos los suelos
y la convoca desde hoy hasta su reposo infinito.

Así,
viene quemante ese sonido perdido,
esa murmuración de muertos,
de fantasmas reacios a la idea de no-ser
¡Cómo si hubiera alternativa!
Así, quemante,
cual el primer labio que rozaron nuestros dientes
cuando mezclábamos aliento
en bandadas alegres como avestruces.

Ver cómo se mece el polvo en el aire
y nos amarga la piel con violencia.
El solo golpeteo del agua preparando
este suelo que yace fecundo
por la sombra de los que se han ido.
Ver es dolor.

Ver el agua desplomando su ira
para hacer el aplauso del cielo
contra el lánguido crisol donde dormimos.
A más luz, más tormento.
Ver irrumpir la lluvia en la penumbra
atestiguando que el sueño vence a la vigilia;
afianzar los brazos al muro
para conducirse semejando a un ciego en una plaza llena,
dejar los oídos puestos en esa música de agua,
en ese trabajoso sudor
de una deidad que en su arrogancia olvidó gobernar.
Correr desnudos en la lluvia,
insolentes, viéndolo todo,
alimentando con lágrimas
a las piedras milenarias que nos soportan.
Ver es dolor.

Sobre el filo,
en aquel remanso lleno de olvido,
lidiando con el infortunio
(la indiferencia angosta de lo que vemos)
reposa la palabra.
La lluvia le promete nombrar algo.
Ella adivina que lo que nombraba ya no existe
y que ha venido a rebautizar cosas.
Y es que incluso los gusanos
que engordan con nuestra carne,
merecen la efímera gloria de ser nombrados;
aún cuando sólo sea para maldecirlos.
¡Cómo si hubiera alternativa!

El recuerdo es un cadáver cautivo
despojado de su frío destierro,
espera a ser reclamado otra vez por la nada
antes que la histérica nostalgia del mundo lo convoque.
Se oye un llanto de estupor y  miedo
cayendo con un aliento volátil
en el reposar de los ojos.
Lava los pies cansados de los descalzos,
bailantes frenéticos que besan la tierra;
es motivo de júbilo ese golpeteo que arrastra
las muescas de los hombres:
las calles del automóvil lujoso
que pasa indiferente con su belleza lastimera
y que es nada contra el vigoroso reventar de la oruga.

Las rocas gozan con el agua;
esa confirmación de una presencia lejana
es el desgaste perpetuo que el amor les calca.
Es la lluvia,
que no sabe ser otra cosa,
ni mirarnos por sobre el hombro
o rubricar versos lunares
hinchando el pecho rotundo.

Es oscuro, está oscuro.
Bajan las aguas como manos preciosas
buscando levantar cosas perdidas
aquello abandonado en el áspero suelo del olvido;
sube con un vapor que casi tocamos
y se queda cerca para dejarnos incompletos.
A más luz, más tormento.

No todo es vivir
con el hambre calma por lo ausente
que empuja su flujo contra la honra nuestra
de hundir los dedos en la tierra.
Hoy todo es lluvia:
el rostro de la gente que pasa y habla,
su voz como hilos que se desgajan en el aire,
en los vientos que entristecen los días
y hacen más incierto el ritmo del agua
que estalla en la tierra igual a una hembra parturienta.
Envolverse en el agua.
Recibir la liturgia de cansancio del cielo,
sentir desnuda el agua
con la elegancia de un cisne
que avanza pensando en el exilio.

Todo es lluvia.
Hasta las calles sucias
y los niños sucios que exhalan fuego
para brindarnos un poco del infierno que hemos perdido.
Hasta el arma irredenta
y la flor ponzoñosa de los traidores,
hasta las maletas de viaje de un moribundo
o el placer riguroso de un asesino.

Antes que las manos sintieran
el calor de la sangre enemiga
(aquella dadora de la fuerza de los dioses),
un frotar de agua martilleaba el silencio
augurando las danzas que en el futuro se harían
en invocación de esa presencia sagrada.
Desde el inicio
(puerto seguro de piedras y ostras
que jamás soñaron con su cruel destino de lanzas,
cuando el esmeril de la muerte no nos había forjado),
estaba la lluvia.


La lluvia cae,
lastimando al suelo.
Está atenta al cogitar nocturno
de los que lloran por la luz
que en otra fecha alumbró nuestra carne,
la que suavemente se ha ido desprendiendo de los huesos
para dejarnos plenos de incertezas.
A más luz, más tormento.

Es mucha la tierra que nos aparta de los enterrados
y dormir con el traicionero abrazo de la verdad
pareciera la burda esperanza del condenado
que recibe la hostia para descansar sosegada la conciencia.

Triste y perfecto reposa un cuerpo.
Se oye el repicar de las gotas
que parecen la música compuesta más allá de lo visible
para luego inundarnos con su partitura milenaria.
Es oscuro.
Siempre hay lamentos en la lluvia:
el que durmió sin resguardo
y piensa inocente que el agua golpeante
es el odio de quien lo trajo a labrar la vida,
y grita y se estremece como un pez sacado del río.

Las rocas gozan con el agua
han aprendido la paciencia de ser talladas
por esos azotes perpetuos
que dilapidan su fuerza con gritos adustos
desfalleciendo desde lo alto.
Hay lamentos en la lluvia:
aquel que destruye la intimidad del silencio;
su recuerdo hoy presente
(cual el desfile impasible de las cosas)
que va llenando el camino con sombras.

Tal es el asomo de la noche,
que alberga al destino manifiesto e implacable,
el anuncio de lo que le sobra al hombre:
un cuerpo roído de siglos,
el berrido incierto de una criatura
apresada en las fauces del tiempo.
La noche aún húmeda por la añeja sangre caliente,
vertida ahora ante la sutil indolencia
de los ojos venidos de escrutar la nada:
ese reposo quebrantado por nuestros pasos.

También se ama en la lluvia.
Ella guarda el brillo intenso de los huesos del amante,
que lucen ausentes y dejan un rastro de polvo;
huesos de aquellos que copularon en los montes
y a la vista de todos,
o flecharon bisontes gallardos
para nunca resignarse a tan sólo dibujar su hastío.
Mas no eran simples faunos
perturbando la quietud de sus mujeres:
eran los muertos en su baile telúrico
que conmueven a la tierra y la fecundan.

Verse el rostro en el agua,
hundir los cuerpos absolutos en el agua.
Ser puros.
Consagrarse.
Ser vencidos por la lluvia.
Ahogarse en la efímera presencia de lo eterno.


Vox dei
Allá ellos
que brinquen
y se desmayen.

Que se abstengan
de los vinos.

Que me busquen
en un muro de lamentos.

O que hagan el amor
mirando hacia La Meca.


Al final de la montaña
Erguido.

Parapetado a ras del cielo.

Las piedras rojas de la cumbre
encaminan pequeñas misericordias.

Un racimo de lluvia pretendió rebelarse,
sus compañeras en marabunta
lo condujeron con gravedad hacia abajo.

Mojó piedras negras.

Rapiña, carroña, qué más da;
en la cima se ve igual,
da lo mismo.

Parvadas de halcones
señorean los litorales.

Nubes desdentadas humedecen,
no aguantan la risa;
rostros que orientan hacia el fondo.

Un coyote acecha con lascivia;
el deseo es ver correr sangre
en sus tripas sedientas.

Insectos.

Sangre.

Relámpagos  de gozo,
la agitación intensa de una rata
en el momento justo que el veneno
le devora agriamente las entrañas.


Génesis
Diseminados
como el suave reparto de la arena
nos agobia situarnos
en el medio de este tiempo
o tener que aferrarse a ser silencio
lanzar lamentos y preguntar por qué
se habrán de disfrutar
los pesados lastres del bullicio.

Porque no fuimos edificio suficiente
para resguardar el origen del Cosmos
vagamos redactando las promesas
de un gigante que nadie ve
y que nunca escucha.

Tan caro es el crimen
que nos desbandamos de risa
como la suprema gloria de la presa
que al verse perdida
le guiña un ojo al predador.

Flotamos en aguas saladas
cuando su densidad nos confirma
que nosotros fabricamos a los astros
que somos los nombres
que rayan con sangre el firmamento.

Aquel día
dispusimos derrumbar nuestros cuerpos
(que eran templos)
enfilándolos al fuego
ahí donde toda sustancia es lejana
y permanece oscura.

Autor: Alan Mills

Colaboración proporcionada por Carlos López.

 
 
 

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Antología administrada por: Julio C. Palencia