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ENTRE TUS LUCES de César Augusto Espinoza Muñoz imprimir | correo
Cuando tus ojos me envuelven
Recuerdo la “Casa de fuego”
Donde tu y yo
Por amor nos fundimos.

Cuando míos
presiento tus ojos

esquiva y coqueta
enciendes las flores
de tu jardín primoroso de nietos.

Cuando amorosa me miras
mi alma es embrión en tus ojos
cuando nuestras miradas se cruzan
me reviven tus luces de astro naciente.

Cuando beso tus ojos dormidos
Pienso en la vida que hicimos posible
me enternezco
con fuerza te abrazo
para que goces de sueños hermosos.

Autor: César Augusto Espinoza Muñoz



REGRESO A LA INOCENCIA de César Augusto Espinoza Muñoz imprimir | correo
“Quitadle el agua al pez—y el pez morirá”
Prohibidle al poeta hurgar su pasado
El alma de su estro, se marchitará
Tal flor de un camposanto olvidado.

I
Tarea para dilatar la vida
(Catarsis)
Colmó tu gracia infinita, mi niñez de cándida estancia;
Mi otoño transita contigo… aún poesía te busco.

Por todos mis poros, tu enredadera se adhiere:
En sueños profundos, en sueños fugaces.

Talvez tu cima no alcance, acaso no dé tu estatura;
Pero mis ansias ante tu embrujo, se alargan.

Pretendo tu cumbre perfecta, tu magia infinita,
Hasta el instante que se apaguen mis luces.

                       A veces, mi cielo está despejado,
                Los caminos de luceros repletos.
Es increíble ¡La le felicidad me atrapa!
Y en momentos de dolor me inspiro.

Le escribo a la dicha de verme vivo todavía:
Entre la cotidianidad del sol y el viento que acaricia mis mejías.

La poesía me conduce por rincones ignorados,
Suave... como entre acordes de un violín.

Le canto a la vida, pensando en la eternidad
La vida me responde, con dicha y adversidad.

Hoy por ejemplo: retorné ilusionado a la inocencia
A buscar los castillos que se esfumaron entre sueños.

(Rememoré la muerte que acontece de maneras infinitas.
Y cumple sus funestos designios, siempre cumple,

Mañana seremos, amanecida primavera
O acaso un tumulto de gusanos)

Por ello, emocionado justifico la palabra:
Bella tarea para escudriñar la vida.

II
En tal virtud:

(Acompañaré el susurro del viento,
Platicaré con las hojas que de resecas
Volaré con ellas a la ciudad de lo incierto.

Buscaré en la oscuridad de las urbes,
En las tabernas más nauseabundas,
En los claros del tiempo, en los antros siniestros.

Me multiplicaré en los ojos del éter,
Como guijarros, mis perlas de niño
Que al besarse lanzan, embriones de fuego.

Tiritaré ante los fríos violentos
Y mis palabras, con voz muy profusa,
Inundarán los suelos polares.

Sudaré en los desiertos violentos,
Mis fluidos, de agua salobre,
Anegarán la arena quemante.

Desenterraré sepultados ideales,
donde los apelmazó la injusticia,
Allí plantaré, el árbol de la victoria.

Se liberará mi alma, de la roca presa;
No habrá más preludio de letal sorpresa.
Escribo en la plenitud de la noche bella,
Ausente de refulgente estrella.

busco la virtud con denuedo
en este mundo en el que ruedo y ruedo.

El niño que me acosa hace muchos
Aparece como un duende en mis delirios.

Las sienes me acaricio
Y la tranquilidad, como embrujo maternal, me duerme.

III
Y ahora:
Mi mundo es un mar de dilatada bonanza
Donde naufragan las penas rendidas.

Soy un solitario armador de esperanza
Quizás navegando en naves perdidas.

Mis ideas son golondrinas hermosas
Que en raudo vuelo afinan su danza.

De ilusiones se tejen grandes romanzas,
Cuando las estrellas tiritan en el cielo ateridas.
Las luciérnagas, tienen en su ser una luz que es divina
Yo robé albor a una que estaba encendida.

Infancia: Te buscaré, y si no puedo encontrarte,
Imploraré claridad a una luciérnaga de luz diamantina.

IV
Un Rosario de venturas
Buscaré en ti, mi fuente primigenia de gemidos,
Aquella cuna que dejé en las grandes montañas;
Colocaré amarras a los corceles de la historia
Y recordaré al viento que sopla, mis arrullos;
Buscaré en ti, mi fuente primigenia de gemidos.

De hoy hasta tus hechizos no ha pasado el tiempo
Y viajar a tus bondades es viajar de veras
Es juntar el sueño con lo que se jacta de imposible
Es atar inicio y final con la fuerza de un anhelo;
De hoy hasta tus hechizos no ha pasado el tiempo.

En tu azul, mi alado pensamiento vuela,
Regresaré travieso de pretéritos ensueños:
Constelación de palabras, barullos infantiles.
Yo poblaré tus ensenadas de versos encendidos;
En tu azul, mi alado pensamiento vuela.

Me gozaré otra vez en tu voz, la voz primera,
¿Cuántas palabras forman mi Rosario de venturas?
¿Cuántos sonidos me prodigaste, estación dorada?
¡Oh! la ventura que tus labios ha tiempo me enseñaron.
Me gozaré otra vez en tu voz, la voz primera.

Reiré y lloraré en tu regazo acurrucado,
No brotan sólo de dolor las lágrimas lejanas
También los regocijos humedecen las entrañas
Y jugar en el sueño de tus laberintos es la dicha;
Reiré y lloraré en tu regazo acurrucado.

Porque tú eres de la eternidad, el claro nombre,
La más fiel prolongación del alma, su reflejo,
Lo que la memoria no abate ni asesina,
Lo insustancial que antes fue sustancia, vida;
Porque tú eres de la eternidad, el claro nombre.

Puse como seña en tus ojos mis luceros,
La fuente de mis asombros iniciales,
La masa dúctil de mis castillos en el aire,
Mi ingenuidad de colocar amarras a la luna;
Puse como seña en tus ojos mis luceros.

Jamás te abandoné pequeña nave de sorpresas,
Urna del tiempo donde guarde mis carcajadas,
Mis sonidos de fantasma, mis grandes travesuras.
Tú eres el mismo barco de mis actuales soledades;
Jamás te abandoné pequeña nave de sorpresas.

En tu versatilidad, se anclaron mis mocedades,
Yo fui un pequeño contrincante de piratas,
El héroe anónimo de febriles aventuras
Quien dominó al mundo, elevando barriletes;
En tu versatilidad, se anclaron mis mocedades.

Es difícil no hablar de pinos, sombras, regocijos,
Yo crecí entre el aroma sin igual de la montaña
Y vuelvo en busca de mis perfumes infantiles.
Exploraré crédulo la cordillera fría que aún recuerdo.
Es difícil no hablar de pinos, sombras, regocijos.

Vida inicial la mía, parecida a todos y a ninguna
La cuerda de mi trompo pudo ser de extraña factoría:
Magia niña confabulada con inventiva inusitada
Que dejó en mi inocencia, sabor a eternidad deseada.
Vida inicial la mía, parecida a todas y a ninguna.

Mis regresos jamás tropezarán con la fatiga,
Hoy ruedo en el tiempo siempre rueda,
Los ejes del amor invirtieron mi lóbrego sendero
Yo imploro volver a mis inicios, como niño ilusionado.
Mis regresos jamás tropezarán con la fatiga.

V
Caricia de vientre abultado
¡Oh! los ojos de Tiburcia
Que vieron brotar de mi madre
Los gemidos
Sus curtidas manos tiernas y amorosas
Cortaron el cordón umbilical a nueva vida,
Su voz candorosa y antañona,
Tranquilizó los prolíficos dolores.

Su femenina y elevada sombra
De las ansias maternales
La esperanza.
Fue Tiburcia
El bálsamo de sus nueve meses
La cuarentena de eucalipto
La caricia de vientre abultado.
¡Oh Nana cigüeña!
¡Tiburcia, singular partera!

VI
Retoño de poetiza
Anduve tras ella como un crío apeñuscado
Fui dueño de su calor de singular bonanza
De su amor, justa flama para mi templanza,
Del mágico sonido, de su sueño ilusionado.

Sus morenos brazos guardaban inmensa ternura,
En ellos no cabían, las penas, las melancolías
Mi llanto se diluía entre bonancibles poesías
Que de su breve boca, manaban con dulzura.
¡Ah! Mi niñez, de únicos sabores ¡Como ninguna!
Siempre serás conjugación, serás presencia,
Sustancia de sublime evocación, ¡mi santa cuna!

Madre, tú por mi vida cambiaste la existencia,
Gracias por amamantarme bajo la clara luna
Y por propiciar este regreso, a la inocencia.

VII
Recuerdos, deseos y añoranzas
dentro mi disco duro
Guardo mis recuerdos:
En un baúl de madera bien labrada.

¡Qué más quisiera!
Sino abrir la caja de Pandora que alberga mis tesoros
Allí viven mis recuerdos
con el cúmulo de años que, silentes sucedieron.

Por ello rebalsa
el ánfora de mis sentimientos ancestrales
y regreso feliz
Allá donde mi alma solía solazarse en la estepa verde.

A los bellos rostros
Cuyas sensuales columnas se vestían de natura,
inusitado atavío
que robó matices a la sin par aurora,
Belleza y hermosura
Que era frutal y era arbórea y era canora.

Yo deseo trasegar
en el laberinto de ceremoniales cumbres,
por blondos trigales,
que calman las penas del tenaz labriego,
en pinadas verdes
que del prado son sombra y lumbre sin afanes.

Y sueño de nuevo
las blancas neblinas y lluvias invernales,
Ellas vuelven a mí
sin rosa de los vientos, sobre las alas del tiempo
Soy germen terreno
la comarca anduve como pródigo hijo,
         por ello proclamo

los sentimientos que me nacieron un noviembre lejano.
Con nítido rocío,
humedezco los geranios, de belleza abundantes.
Mis luceros se anegan
son lágrimas que ruedan por mi  cruel porfía,
de querer unir
la bucólica grandeza, con mi sombra delirante.

y hoy, reverente,
ante el embrujo de las frondas, la frente me descubro.
¡Por Dios Todo poder!
amo los celajes, aureolas virginales sobre el horizonte
Los frescos céfiros
que deambulan por el viento como dulces hadas.

Ellos son acicate,
para los sueños que en su  plenitud fueron truncados.

Buscaré una empinada,
para otear el claro de la enigmática montaña
donde casi dormía
la escuela de niños, que al compás de los cencerros
gozaban sus cabriolas,
y madrugaban a cazar lecciones para un mañana promisorio.

jazmines y rosas
de corazón despercudido, infantiles risas de los curvos cerros.
¡Oh! gritos escolares
Que propician indefectible regreso, a los azules montes
desde el rancho viejo
que aterró mis inocentes mocedades
hasta el rumbo lírico
donde las sendas marcaban destinos casi inciertos.

Fui joven preceptor.
Mi pedagógicos pasos en la sin igual comarca, fueron
andares que heredé
de la madre de mi madre y  luego de la madre mía:
Loor a las mujeres
que me envolvieron entre sueños de alabado tino
ellas con gran amor,
me pintaron las letras, mi pan de cada día.

Escuela rural mía
donde finalicé mis adolescentes pasos,
yo era un mozuelo
el bigote, no me despuntaba con sus terrenos bríos,
lo que no fue razón
para continuar las lecciones de solidaridad por mi, bebidas
cuando feliz trasegué
entre el arrullo maternal y el reptar cristalino de los ríos.

Montaña vetusta
Espérame donde la semilla crece, e ilusionado quise hacer:
Una patria grande.


VIII
Al final

Y en este atardecer sombrío
Que hoy, por si acaso, vivo
Un niño inconsolable llora, llora quizás de hastío
—¿Por qué lloras pequeño?, con la mirada inquiero.

El infante arrecia su angelical chillido
Tras cristalino líquido que de los ojos brota
Pareciera responderme entre lágrimas, el crío:
—¿Por qué? Si usted no entiende ni jota.

El llanto incomprendido del pequeñuelo
Dilata mis claras evocaciones;
El cielo luce como percudido pañuelo,
Amenaza la lluvia, vendrán más emociones.

Llora el niño travieso— la magia del cielo talvez le aterra—
Viene la primavera, la lluvia al desprenderse no cesará,
¿Le asustan las gotas?, ¿el granizo que aguijonea la tierra?
Por eso en su llanto, es posible, implora las caricias de mamá.

De pronto se llena el día de variadas ilusiones
Lluvia y niño son regalía que alienta las almas cantoras
Y conducen la soledad a grandes evocaciones:
Como el beso paternal que se recibe al despuntar la aurora.

¡Oh! Mis recuerdos que bellos, que bellos
Son como agua que reverdece los prados;
Rauda corriente, ve y socorre los vertederos
Has de los pichones trinos, violines bien templados.

(La barca tambaleante de mi poesía
El tiempo que inclemente nos lleva, surcará
Y mi sombra de hombre-travesía
Entre niños y lluvia acaso perdurará)

Espero crecer con los últimos y tintes ocasos
Hasta que el secreto recuerdo sea una eternidad
O entre las estrellas rutilantes del cosmos
Que del cielo, con su titilar, —son claridad—

Y entre mi vanidad de ilusionado poeta sin un ápice de paz,
Sé muy bien: lo que hoy brilla, mañana el tiempo opacará
Por eso bulle el alma mía, se me enciende la faz,
Y acongojado recuerdo, el dulce canto de mamá.

 
 
 

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