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El sueño de la azucena, de Eleázar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
"La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener."
Gabriel García Márquez.

La conocí una tarde de abril,
su mirada fue competencia
a muerte con aquel atardecer
   de celajes incoloros, mutilados
   por el brillo de aquellas perlas
   que llamamos ojos.
De aquella tarde nacieron
las higueras y los cardos
que reinan día a día en mi corazón.
Pero es en las noches
en donde la locura busca convertirse
con canciones, con sueños
e ilusiones en leyenda de amor.
El eco del viento
en la montaña fue silenciado
por el canto agudo de su voz.
Era ella muy de ella y el mundo
nunca le perteneció.
Silencioso caminaba
detrás de sus pasos,
contemplando el baile de cintura,
cual milpa agitada
por el suspiro del viento.
Llegue a esperarla en la esquina,
a espiar
por verla pasar,
pero rara vez la miraba y acto seguido,
cobardía del amor,
razón de la vida,
ignoraba su cañaveral baile al caminar.
Unas rosas amarillas
fueron el arma de una guerra fugaz,
saludé su mirada y ella me contestó,
comprendí entonces
lo que era la felicidad,
extendí las rosas y en mis manos
un tonto corazón,
ella y su respuesta
“no gracias, no quiero comprar hoy”.
Va de nuevo la tortuga, dentro del caparazón,
al barranco los deseos, de amor y concepción.
La guerra estalló cuando
un tipo sin valores, la besaba
detrás del poste con exquisita lujuria,
deshonesta canción.

Mi sangre cual lava de un volcán,
terremoto de dolor, quemó
cada parte de mi cuerpo, de mi alma,
sin piedad. Mientras él
cortaba, de la caña la flor,
la azucena marchitaba su inocencia.
Ahí murió la ingenuidad de creer en el amor.
Entonces comprendí
que el destino jugaba y disfrutaba
con la angustia del amante guerrillero,
silenciado y desaparecido,
que sufría la guerra y la muerte,
por su amor escondido.
El futuro me la mostró vestida de blanco,
con un ramo de azucenas
y más cardos a mi olvido.
Ella nunca se entero de este sentimiento,
no tuvo la culpa, pues nunca
me envalentone para luchar
por ese sueño.

Desde aquella tarde,
que era presente y se volvió pasado,
comprendí
que habría que esperar
para poder verla al fin a mi lado,
aunque no haya trono, ni coronas,
solo amor desventurado.  
Hoy debo encaminar mis
pasos hacia la condena de este amor,
hasta el lugar en donde me espera cada tarde… al fin,
quizás me espera.

Debo arrastrar mis rodillas,
mi artritis, junto al paso del bastón,
con las rosas que negó y en la mano…
la soledad de  mi corazón.
Llegare hasta ella,
sin poder escucharle,
sin poder mirarle
y en el silencio de la tarde,
bajo la complicidad de las nubes,
le daré nuestro primer beso,
que recibirá su lapida,
puerta del olvido,
muerte que la ha llevado.
Mi amor nunca fue mío,
nunca pudo nacer
en los besos de pasión y de fe,
de cordura y mentira.
Nunca fue una rosa…
siempre fue un cardo que soñó ser azucena.  


Canción para una resurrección, de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
He decidido bañarme en la sangre de mi pueblo,
levantarme teñido de rojo, de dolor, de amor, de pasión.

No soporto más, ver el negro de la noche sin color,
no puede nunca más este pueblo morir indiferente.

Emergeré de la sangre de sus hijos, vestido de carmín,
con una máscara negra, como la noche, custodiada por estrellas.

Mis brazos serán las alas de un vuelo en papel,
mi pecho será el nido mortal de las balas.

Sin embargo, nadie podrá silenciar al cantor,
que llora en silencio, que espera respuesta al clamor.

He decidido teñirme con sangre de mártires,
siguiendo el camino de poetas silenciados.

Mantener la fe en el santuario de mi alma,
parado en la roca firme de mi Dios.

Mi voz escupirá tristezas, alegrías profesas.
Mis ojos llorarán tinta, tinta de olvido y perdón.

Mi mano gritará el dolor de mi patria,
mi corazón decidirá amarte sin razón.

Vestido de rojo, volando y cantando como un cardenal,
cruzaré la noche, el día, hasta llegar a tus ojos.

He decidido nacer nuevamente, para vivir libre.
He decidido morir en silencio, para gritar con pasión.

Bañado en sangre, sediento de justicia,
gritaré al viento, historias, de amor, de olvido, de muerte y destrucción.

Mis ojos no dejarán de amarte
y mi mano no dejará de besarte…


Romance de la gota y la milpa, de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
I
Suavemente se desliza, camina lentamente…
en silencio, transparente y clara, es tan pura…
si hay un mejor lugar que aquel, no es actualmente
accesible, no hay igual… ella es tan pura, tan pura…

Sus  sentidos explotan al rozarle el cutis, es tan bella…
mientras en el tiempo paraliza hasta el más cruel dolor,
siente, está viva, camina lentamente y sin prisa alguna,
disfrutando del sonido, enamorándose de ella…

De pronto emerge desde el horizonte el final de la canción,
en un suspiro ella regresa a la realidad… ¡Maldita crueldad!
Ella quiere por un instante llorar, pero llorar es solo una ilusión…

Abruptamente avanza, sin rencor a su amante, con obsesión…
obsesionada por la vida, por su piel, ve morir cualquier razón.
Deja de sentirla, mientras se arrastra suavemente al vacio…  

II
Ella es alta, delgada y con brillos dorados, está vestida de esperanza;
baila graciosamente con la sinfonía del viento y las tormentas.
Solloza con el rugido del león del cielo, se asusta en las noches…
es testigo silenciosa de amores guerrilleros, para ella no hay reproches.

Ella es clara, es tan pura y tan pequeña… siempre quiso vivir.
Su vida es cruel, es tan solo de instantes pequeños.
Su cuerpo es gracioso, redondo y con gritos desesperados de existir.
Ella cuando cae solo pregunta y  deja de lado sus sueños…

Las dos son amantes profanas, sin sexo y sin maldad,
no hay para la vida, ninguna regla de moralidad,
cuando existe el amor, al que se le llama, amor de verdad.

Pero como todo en este mundo, es el resultado de pasar,
suspirando por la vida, navegando por el olvidado mar,
aquellas dos amantes herejes se han de separar…

III
Ella creció en soledad, en tristeza y melancolía.
Sin paráclito alguno, sin guía, nunca conoció el camino,
nunca tuvo necesidad de caminar mientras vivía
en la soledad de la milpa y su destino…

Nació siendo virgen, sin saber que debía ser perforada,
morirá dejando descendencia bendita, fruto de amor,
de pasión, de locura, maldita locura desenfrenada.
Es sabia, única, bella, está loca y a la vez cuerda.

Baila con el son del viento durante horas, baila.
Ríe con las cosquillas de las hormigas, ríe.
Sueña, con la luz de las estrellas, sueña…

Platica diario con la muerte, cuando pasa caminando,
se burla de la vida que se nos va acabando,
¿Qué sabe una milpa del hombre y de su mundo?

IV
La gota morirá al nada más tocar el suelo,
nunca será un cubito del más fino hielo.
La milpa es sabia, entendedora de la vida,
es un racimo de virtudes bien escondidas.

Las dos, se aman, cuando la gota muere,
se funde con la tierra, bañada de sangre,
baila, grita, se vuelve una llama de pasión,
para confabular el nacimiento inminente.

Una muere para que dé fruto la vida,
la otra morirá al transcurrir los días,
serán las dueñas de un milagro,  

de su amor nacerá, de las montañas  la bendición,
surgirá de las hojas, un idilio de perfección,
la carne propia, de los hombres hechos de maíz.

V
Del amor nace la vida,
de la vida nace el consejo,
del consejo y la vida, nace la sabiduría,
la sabiduría con que mueren los abuelos del pueblo.

Los abuelos sabios del pueblo están hechos de maíz,
amasados por el corazón del cielo y su sabiduría,
dan consejos, con mazorcas en sus rostros,
viven como el viento de los días viendo el matiz.

Contemplan con sus ojos el tono del atardecer,
que se pinta de mazorca dorada, de mazorca soñada,
que los hace soñar y llegar una vez más a querer.

Todos los abuelos de mi pueblo, hijos de la milpa
y el romance de la gota, nacidos del maíz,
son pruebas del romance escondido… pero feliz.



Maestro, de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
Aprendiste a leer, para poder enseñar a escribir.
Vives en los mundos imaginarios, vives para sembrar,
letras, números, cariño, lo esencial para vivir.
Encuentras al educar, razones milenarias para amar.

Héroe olvidado, oxidado, por enseñar a compartir,
cómo compartes los universos de esta realidad.
Bendito porque con sabiduría a la ignorancia has de sustituir.
Tus enseñanzas son palabras envueltas en verdad.

Eres una piedra del camino de la vida, que enseña,
que busca entre la multiplicación, la resta y la suma,
despertar al niño, joven, a la persona que sueña…

Imaginas mundos sin fronteras, historias que contar,
dibujos que juzgar, exámenes de vida que calificar.
¡Eres simplemente maestro, al ayudar a un alma a cantar!

Adolfo Cardenal.
Junio 20, 2011.


¡No sabes cuánto te amo!, de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
No se puede medir,
dices en silencio melancólico.

Es algo imposible de calcular,
no se puede contar el amor.

Te observo con pasión,
encuentro en tus ojos,
el brillo de la ilusión,
hecha de transparentes espejos.

Vuelvo neciamente a preguntar
¿Cuánto me amas?

Suspiras y con paciencia
me otorgas una respuesta.

¿Vez las estrellas en el cielo?
Hay una por cada te amo.

Has sentido la arena de la playa,
es cada beso reservado a ti…

¿Pero cuanto te amo?
Amor mío, no se puede medir.

No hay nada más grande en esta vida
que mi amor por tus ojos salvajes.

En silencio escucho tu hablar,
mientras te robo un beso,
cosa que te hace suspirar…

Yo a ti, te amo más de la cuenta,
te extraño en la cercanía…

El amor no se puede contar,
ya te lo dije amor mío…

Entonces yo me conformare
con saber que me amas…

Al final quizás tengas razón,
es absurdo contar tanta ilusión.

Luego al silencio lo rompe tu voz,
que me dice al oído…

¡No sabes cuánto te amo!


Sabes..., de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
En la noche que me envuelve,
con sus chamarras de estrellas,
suspiro al ver que vuelve
mi fe en el amor como una centella.

Tengo en mis entrañas
el dulce deseo de parir,
algo que tu anhelas,
mi amor por tu vivir.

Y es que sabes que muero
si no te encuentro en mi  camino.

Sabes que suspiro cuando el sol
se esconde detrás del cerro.

¡Y es que sabes que el cielo
se nubla cuando no te abrazo!

Conoces mi pasado y mis pecados,
caminas de la mano con  mi alma,
no hay porque ser recatados,
ni tampoco porque perder la calma.

Si sabes que mis sueños son señales
de vida antes de la muerte de no verte.

Sabes que veo en tus caderas
praderas extensas de dulce movimiento.

¡Y sabes que aun en la derrota
por ti moriré para triunfar!

Sabes que contigo vuelo mejor,
dejando en la tierra mi soledad.

¡Y si suspiro es por el hecho
de que llorar ya no puedo!

El pasado moribundo en su lecho,
arrebato de mi vida, un anhelo.

¡Pero sabes mejor que nadie
que mi vida ha cambiado!

¡Sabes que las olas del mar
son regalos para tu suspirar!

Sabes amor mío, que recuerdo
un dulce río, cerca del olvido,
una tarde de primavera,
hecha de miel y colmena.

¡Si sabes que mi álamo
crece buscando tu luz!

¡Sabes que cada suspiro
es en honor a tu mirada!

¿No sabes que te recuerdo
a cada instante del día?
¿No adviertes que soy sonámbulo
en los sueños de todas tus noches?

Pero sabes que busco tus fuentes
de aguas mansas, ríos de esperanzas.

¡Y sabes que tus besos son el bálsamo
de este corazón que te grita, te amo!


A ti..., de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
Reina conquistadora de este corazón,
mujer morena  que haces sufrir
a tantos que con vana ilusión
piensan contigo convivir.

A ti te hablo, a ti dirijo este cantar,
a tus manos, a tus labios, a tus besos,
esos mismos, dulce encanto singular.

Reparaste un corazón moribundo,
le diste sentido a las letras, a los versos,
ahora, eres del poeta su mundo
y la administradora de sus besos.

A ti te escribo, a ti, la que me roba
todos mis pensamientos y mi dolor.
La que barre el pasado con escoba
de rama fuerte y nuevo color.

A ti quiero cantar,
a ti prefiero decirte
que eres un hermoso amar
en este miserable presente.

A ti, la de ojos tiernos,
la de piel suave y morena,
la de rasgos coquetos,
la que  me puso la cadena
de amor al cuello,
de pasión a la vida.

A ti te estoy hablando,
alma gemela del presente,
déjame por un momento besarte
y llevarte a la eternidad, a mi lado.


Payaso, Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
Las golondrinas vuelan bajo,
dicen aquellos que son gotas de lluvia.
Pero son hermosos espejos
en donde reflejas tu sonrisa sombría.

Vuelan en lo alto del cielo,
al verte, bajan al mismo infierno,
solo para contemplarte,
solo para enamorarte.

Mi pluma no tiene alas,
no quiere volar.
Soy un payaso sin ganas
de poder amar.

Tus ojos, refugio de soledad,
escondite perfecto de amor,
coronan de espinas mi soledad.

Sonreír,
vivir,
escribir,
sentir.

Sonreír para enamorarte,
vivir para tener muerte,
escribir para no hablar,
sentir para, sentir para soñar.

Infierno de amor,
cielo de soledad,
es una cadena de dulce color,
es una rama de olvido y ansiedad.

¡Te amo!
Grita a lo lejos la vida.
¡Te extraño!
Susurra cercana la muerte.

Payaso, con cara sin color,
sin nariz, sin  sonrisa,
payaso hastiado de amor,
sin necesidad, sin prisa.

Rosas azules, rojas y verdes.
Esperanza abortada
incluso antes de poder verte.

Y es que amada mía,
aun en tanta sombra,
en tanta melancolía,
escapa el estandarte,
que porta tu sonrisa,
rosa sin color, que es mía.

Ante tanta desventura,
amor de mi alma,
puedo decirte sin perder la calma,
que te extraño en la lejanía,
en la lejanía de tu mirada,
cuando me observa con ternura,
en la oscuridad de este mundo,
perdido en la inmoralidad.

Vivir,
morir,
parir,
perder.

Vivir en tu mirada para
morir en la soledad al
parir las letras que al
perder, nacen sin querer.


¿Por qué lloras mujer?, de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
Sus ojos no habían dejado de llorar,
pero era hora de volver a caminar.
La fiesta había concluido,
el maestro reposaba en la fosa,
esperaba a ser ungido.

Mirra, incienso, amor, mucho amor,
en las manos de la magdalena
había un dulce clamor,
la derrota no podía ser justa,
pero la vida ahora no tenia color.

Aun brillaban las estrellas,
cuando decidió salir,
recordándolo en imágenes
del pasado dulce,
de un recuerdo más de su vivir.

Pensaba, las manos, los pies, el costado,
mi maestro ha sido traspasado.
Imaginaba, que con  sus lágrimas,
aquellas heridas sanarían,
mientras ella perdonaba al pasado,
el mismo que la hizo llorar.  

De pronto, se quiebra su corazón,
los soldados han huido,
la piedra fue movida,
el sepulcro vacio es una ilusión,
¿Qué ha pasado mi señor?
Escucha en el cielo,
que acontece un milagro de amor.

La magdalena vuelve a llorar,
su corazón se estremece,
¡No está el sepultado!
¡Se lo han robado!
¿Cómo aguantar?
Si el maestro no está.
Por primera vez en mucho tiempo,
se siente sola…
en la soledad de la humanidad.

¿Por qué lloras mujer?
Pregunta una voz entre los olivos.
¿Que mata tu dulce ser?
¿Incluyes al maestro en tus olvidos?

Ella se limpia los ojos,
observa al hombre y  le contesta,
¿No sabes a donde se llevaron a mi señor?
Él sonríe con aquella pregunta.

Dios escogió a una mujer,
siempre lo hace así, con amor,
escoge a ese hermoso ser,
para ser portadora de buenas noticias,
noticias que llenan de alegría
las almas de los hombres.

Él se acerca a ella, le pregunta,
¿A quién  buscas mujer?
Ella con los ojos sumidos en lágrimas
le inquiere una vez más.
Si te lo has llevado,
dime donde lo has colocado.

Entonces el maestro se revela,
dice, ¡María! Y ella lo reconoce,
cae a sus pies hincada
y le dice ¡Maestro!

El milagro de amor
se ha completado,
¡Jesús el redentor
ha resucitado!

Ella lo contempla en su gloria,
él desaparece, decide correr,
busca a los apóstoles con alegría,
es la portadora una mujer
de la noticia más importante de la historia,
¡Pedro, el señor resucito!

Pedro y Juan corren al sepulcro,
el sepulcro vacío es una realidad,
solo las sabanas han quedado en soledad.
Sus ojos vuelven de alegría a llorar…


Dolorosa de San Nicolás, de Eléazar Adolfo Molina Muñoz imprimir | correo
Su corazón ha sido traspasado
por una daga de soledad.
Aquel dulce niño del pasado
se convirtió en el redentor de la humanidad.

Sus ojos son cascadas de lágrimas
de celestial santidad, es dolor de madre
al ver muerto al niño, al hombre,
al Señor Sepultado de San Nicolás.

Sus manos claman al cielo
por el hijo fallecido.
Su corazón guarda con celo
el secreto, su niño va dormido.

Madre dolorosa, fuente de amor,
señora, ironía de la soledad.
Eres la reina de mis amores y dolor,
la reina santísima de la humanidad.



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