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CUANDO EL DIA DA PERMISO...

El apego a las sombras casi diminutas lo dejó

imaginando rayos desposeídos de gritos.

Un consenso universal e impreciso

se presentó sin espera alguna.


Tarde o temprano se tendrá que arrodillar

a las costumbres más celestes y dudosas,


¿Cuántos lamentos no manipularemos después

de nuestro desencuentro con lo inexacto?


Su entrada no sorprendió la labor los gestos, al agrado de la ternura,

al susurro de las conciencias.


Ahí entró, con un aura repleta de niños,

se descorazonó a tres cuadras,

y volvió a invertir la ira en los pasos parsimoniosos.

Intacto quedaría como surco inconcebido

el deterioro de los augurios,

que sí no más frescos que las penumbras,

se esconderán asechantes Y

sobresalientes al miedo y las derrotas.


La espera carcomió el ridículo de los siglos,

ya nadie se quejaba, ni se comía, ni se lloraba.

La presencia de lo intacto, no dejó más rastros

en su desesperada búsqueda, tanto como si

se amara con la palabra y no con precisión

de saber como araña, que tejerlas va más allá

de las risas que los árboles provocan, al diseminarles

un par de malogradas lágrimas de angustia.


Nadie apresuró la imagen, ahí se congregó la vida,

los espíritus, y sus escenas infinitas e irrepetibles

fueron el objetivo para no despertar nunca,

así los truenos y volcanes no dieran crédito

a lo más imprecindible para todos los objetos,

sí, carcomerse hasta no dejar de ilustrar, con

la armonía de sus irregulares formas los momentos

desvividos y saturados de impase seudofetal.


Sucumbieron las voces, cuando éste dio fe

a todos los presentes, de que las cosas ahí

permanecerían por más de diez muertes eternas,

sólo los zánganos remontarían el vuelo,

todos ya envueltos en la sabiduría del olor

de las mujeres caminantes, permanecerían

con las manos abiertas, en espera de nuevos encantos.


Ya sólo con la energía de las miradas

todos mudarán la decencia de la noche

a sus espaldas, para que después de un

largo y directo trazo, el día los conduzca

a más escenas irrepetibles, como las

de hoy en el desacierto del indebido

apareamiento del norte con el sur

y sus más sagradas dolencias.


Destino

El destino abrió los ojos,

invadió el espacio y

azotó la puerta.


Se empapó el día

de suerte arrullada.

Una línea se figuró

por fuera del futuro,

y lo rodeó de alientos.


Se deshojó su historia,

dejando autores doblados

sobre el escritorio.


Hoy el destino me planchó

la idea, me dobló la esperanza

y me colgó en ropajes añejos.


Hoy el destino

no me dejó otro camino

que el horóscopo.


Viento

El viento iluminó el vacío y

estremeció al tiempo,

levantó una nube e

invadió el espacio.


Aromatizó el día y prosiguió

su camino de antaño recuerdo.


Se fue preñando formas y

arrastrando voces y en el

ulterior de su inútil vagancia,

nos dejó otra vez

un invisible quebranto de delicias.

 
 
 

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