En su condena, general. Julio C. Palencia
A monseñor Juan Gerardi.
De qué alegrarse
si es una tristeza enorme
saber que hay hombres como usted, general.
Si le dieran un día
por cada crimen cometido
quizá 80 años sería un buen número, general.
Ningún abuso
será deshecho
ningún muerto
será redimido.
Qué decir a los niños
cómo enseñar su historia de horror
en las escuelas
cómo poner de ejemplo
lo que usted hizo y fue, general.
Más duro que los años condenado
es cargar con su apellido
es llevar su sangre
ser señalado genocida, general.
No hay alegría en su condena,
porque como usted
hay muchos más en mi patria, general.
Y sin embargo, hoy
el corazón late menos desbocado
se da un respiro, ha encontrado un remanso
en mujeres y hombres dignos
que le acusaron y condenaron, general.
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Poema, de Julio C. Palencia
He sufrido hambre
y miedo
y odio
en la travesía hacia este paraíso ajeno
huyendo del hambre
y del miedo
y del odio
de este infierno nuestro.
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No encuentro nada más bello
que el pequeño y enraizado canto humano,
esta milenaria sinfonía de todos.
[Multitudes]
Sólo escuchamos gritos y desesperanza
no hay canto sino lamento...
hambre.
[.]
Deletreo el alfabeto de mi carne
desde la empinada A
recorro el canto y alegría de lo que somos;
en cada mujer, en cada hombre
distingo el susurro de tu sangre
y presiento que el primer homínido
en su delirio de hierbas y estrellas
ya nos soñaba.
[Multitudes]
Canta tu alegría
pero señala el tamaño de nuestra hambre
el pie de uno sobre la cabeza de los otros.
Sueña, mitiga tu desesperación
tú que puedes, poeta.
[.]
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Para no ver como se marchitan las flores, cultiva mariposas;
se alejan en un sendero multicolor de la tarde empedrada, cuando llueve.
Las mariposas así son eternas en su efímera ida a ninguna parte.
Luz que quiere mostrarse, delgado prisma que vuela.
Cae del cielo esa saliva que preña y planta su arcoiris.
Despliegan sus alas de alegría, se elevan hacia el agua que presurosa las besa.
Llenas de amor, van a morir lejos las mariposas,
apartadas de la mirada agradecida de aquel hombre triste
que no cultiva flores para no ver como se marchitan.
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Prometes, vida mía, que este nuestro amor
será hermoso y duradero.
Dios, que su promesa sea cierta
y su corazón pronuncie las palabras
de este pacto nuestro.
Autor: Cátulo
También conocido como Gaius Valerius Catullus (en latín)
Verona, Italia, 87 a. C. – Roma, 54 a. C.
Poeta latino.
Traducción: Julio C. Palencia
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Me levanté de los muertos
con auxilio de vivos y no vivos
con multitud de manos
empujando el desmayado cuerpo
desde la tierra.
Uno se muere sin saber que está muerto.
Según uno tiene los ojos bien abiertos.
Se queda uno quieto viendo el sol de cualquier noche
y en esa luz nos perdemos.
Con otro aliento
rondando mis pulmones
me levanté de los muertos,
Lázaro maravillado
que desdeña lo divino
y busca lo humano.
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De piedra mi pasado
y de polvo mi futuro
de donde vengo el cielo nocturno es tibio
una luna lo recorre y no se esconde
una estrella grande nos señala al corazón
el camino que nos prometimos.
De donde vengo
compartimos lo que no tenemos
soñamos con la mesa llena
y rezamos
con la boca hambrienta.
De donde vengo se nos mueren los niños
como una pesadilla recurrente
y recordamos paisajes que alguna vez fueron verdes
una mala película
sin repentinos héroes, todos malogrados.
De donde vengo
nos abrazamos para no morir solos
confiando sin remedio en el otro
y no pasar en solitario hacia la otra vida
soñando aún
en encontrar lo que fuimos antes del desastre.
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Llegué contando historias verdaderas
de pescas abundantes
gloriosas travesías hasta el faro
repentinos naufragios
y adolescentes corriendo desnudos, felices,
en la playa deshabitada.
Ese día, después de muchas horas nada picó mi anzuelo
y en un manglar selva
todos los mosquitos arremetieron
sedientos de sangre sobre mi.
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Volverá mi muerte
a esa esquina
de nísperos y limoneros
con ausentes mariposas en la mirada;
esperará hasta mayo
cuando la luna guiñe el ojo
y su blancura se convierta en piel.
Y en una enredada cabellera en flor
como luz dormida
cosechará azahares,
perfumará su ausencia.
Volverá mi muerte
a un mercado viejo
y buscará semillas
para sembrar en su costado,
en su pequeña sombra
germinarán espinas.
Volverá a encumbrar
un barrilete
viudo de viento
al pie de la barranca
y arrancará de nuevo
trocitos de cielo
para guardar en su bolsillo.
Se cobijará con truenos y aguaceros,
con un sol que huele a pan en las mañanas,
se apoyará en un roble que antaño caminaba,
y su pecho desnudo, espina y hueso,
servirá otra vez
de mapa para tus dedos.
Autor: Julio C. Palencia
Tomado del libro De Alquimistas y agonías
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Nada oficial, amor mío.
Que sea tu cuerpo y el mío
que sea nuestra mente
la llama en tus ojos
nuestro deseo virgen
bendiciones sea todo
lo que nuestras bocas puedan murmurar
como un canto amanecido en las flores.
Sin vestido de novia
sin velo en el rostro que te impida verme
sin anillo en el dedo
sin un papel firmado
sin una obligación obligada
sin que el ministerio de un hombre o de un dios
se interponga entre nuestro milagro conjugado
entre mi daga y tu herida
entre mi llaga y tu sangre.
Abrazo al aire en tu cuerpo
y es vida pura tu exhalación en mi rostro
verte es mañana y tarde
de un día cualquiera pleno y lleno de tu gracia;
mirada, ilumina el día;
manos, levanten el sol y callen;
he visto el atardecer contigo
y los días pueden ser un milagro
de dos señalando hacia el mismo sitio
donde van a morir las ballenas
con sonidos claros y solemnes
Camino de dos que lleva a muchos senderos.
No malgastemos nuestro amor.
A qué traer un hombre a dar fe de lo que nosotros
somos testigos y obradores de hecho.
Es ese aire que lleva tu olor y mi olor
de tu sexo y el mío
como cuando un pez volador salta osado
sólo para presenciar del sol la redondez o de la luna su brillo.
Hacerlo oficial es llenarlo de mierda amor mío.
Que no haya acta ni mentecato
que se interponga entre nosotros.
Yo te declaro mujer y tú me declaras marido
de una forma que los hombres y las mujeres descubrimos todos los días,
y de la cual hoy participamos
como una comunión de dos.
En esta cama, entreverado y entreguardado
en tu cuerpo moreno, mujer mía
digo que te amaré en el instante eternamente fugaz
presencia marina negación que estoy solo
soledad de guerras que sobrevive camuflageada.
Autor: Julio C. Palencia
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