De la vida envidiable de Feliciano Argueta, de Mario Payeras
Ya ves que aquella despedida de México, provisional como todos los plazos del corazón, no pudo sobrevivir a su propia promesa. Y hoy que es marzo, compañero, y que ya no te encuentras bajo este viejo cielo donde los pájaros son desmemoriados, me llena la certeza de que mientras no nos vimos averiguaste más sobre la semejanza que en los días de la escuela llegamos a vislumbrar entre la realidad y las marquetas tempranas que dejaba en las esquinas el carruaje del hielo. Así supe que en los años de la guerra te asediaron a menudo las papalotas de la infancia; que a ti también te desvelaron las estrellas en las noches de la sierra (esa desordenada fiesta de bengalas de difícil sentido), y que entre tantos paisajes como viste había dos o tres que para ti llegarían a ser insustituibles. Supe que después de todo te sorprendió que el amor fuera eso tan disperso, que puede a veces consistir en el rito desolado de recoger para alguien que ni siquiera conocemos las caracolas de Guanabo, en las interferencias de una marimba lejana en la noche de Bruselas o en la muchacha de la blusa azul que un domingo de Berlín nos reveló con sus modales los infinitos riesgos del olvido. Hoy sé que así tratabas de explicarme que el mundo es demasiado grande para nuestra nostalgia. Y esa desamparada aventura terrestre íbamos a contárnosla aunque fuera después de aquellos largos almanaques de ausencia, como tú mismo decías. Yo te esperé muchas veces en un café de Praga desde el que pueden seguirse las costumbres de las gaviotas de noviembre, mientras tú quizás andabas, en horarios distintos, por el remoto cielo de Valparaíso, pensando que en efecto la realidad es translúcida pero que es atravesable en un solo sentido porque no tiene caminos de regreso. Y qué bueno hubiera sido encontrarnos algún día para entregarnos cuentas de lo andado, para mirarnos a los ojos por lo menos una vez más en la vida, y arrancarnos (¿quién sabe?) los flores que entretanto nos hubieran crecido para el otro en el propio corazón. Pero tú sabías que no vale la pena tratar de ser felices a la vieja manera. Por eso es explicable que en tu cartera se encontraran simples objetos de hombre que no le teme al olvido (y desde aquella hora la muerte no es para mí esa patria feroz que nos aflige tanto con su ternura solitaria), y que un 14 de abril te olvidaras de las citas y de las fechas humanas y te marcharas conforme hacia el largo domingo sin barriletes ni pájaros, la región que en los mapas más antiguos que existen solía representarse con una ballena triste. Colaboración enviada por Mariana