El Río, Novelas de caballería (parte final). De Luis Cardoza Y Aragón
Soy el pez volador. Ciego irrumpí por el deslumbramiento del día. Me colmó lo esplendente de la vida, escuché la música de las esferas, el rechinar de los grillos. ¡Un instante! Nada más he podido tartamudear; el canto me fue prohibido por el infinitud vislumbrada. Vuelvo al mármol que habito, con un canto roto en la garganta. Hechizo de la inmensidad que permanece sin expresión. No enuncié lo que codiciaba. Ello me enseña lo que jamás se aprende. Lo que jamás se aprehende. Lo inasible. Atestiguo y festejo. He recogido y contado muchas nadas. La memoria es el Infierno. Mis ciegos pececillos abisales se confunden con mis pájaros. Tiré de la red: estrellas marinas y celestes. No hay peligro de perder la muerte. Intenté denotar el gozo de mi luz derruida, intenté ofrecer mi ternura paleolítica, intenté balbucir mi colibrí, chispa emplumada. Siempre acuden tarde las palabras. Estoy a punto de despertar. Escucho mi silencio como lluvia sin agua. Es la vida accidente de la muerte. El tiempo no existe; nosotros existimos. Quise dejar una lámpara encendida. La Gran Puerta Negra. La boca de sombra. Polvo. No es el f i n Es el mar. Fragmento tomado de la <i>Colección Tierra Firme</i> Fondo de Cultura Económica México